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viernes, 9 de febrero de 2024

Minerales y sus propiedades curativas.

 

Ópalo noble. Oregón. Estados Unidos. 4,5 cm. 

Cuando tenía diecisiete años, año más, año menos, cometí el error de leer a Schopenhauer.

No es que fuera un mal filósofo, al contrario, fue un filósofo excelente, capaz de traspasar su pesimismo al lector.

Me afectó mucho.

En la misma época leí las desventuras del joven Werther, obra que causó en su día una ola de suicidios en Europa.

Goethe no me afectó en absoluto.

Lo que no hizo Schopenhauer.

En algún punto, este autor dice que las piedras tienen sensibilidad.

No recuerdo si estas son sus palabras, pero desde luego si es el sentido de lo que leí.

Creo recordar en cuál de sus obras di con este pensamiento y me hubiera gustado traerte la cita concreta, pero no estoy en condiciones anímicas de sumergirme de nuevo en Schopenhauer para encontrarla.

No te sabría rebatir esa afirmación, aunque podría marear la perdiz recurriendo a la física cuántica, esa disciplina de moda, de la que muchos hablan y pocos conocen.

No quiero marear la perdiz, no sea que los descerebrados animalistas me pongan una querella por maltrato animal.

Pero tengo algo que decir sobre las piedras y sus propiedades, que no creo que induzca a nadie a pensar que soy un loco o un excéntrico.

Hay minerales, como el cuarzo, que tienen propiedades piezoeléctricas.

Es decir, propiedades que se pueden medir y que tienen funciones prácticas en la vida cotidiana.

Pero de ahí a que afecten al hombre de forma positiva o negativa hay distancia. Mucha ha de ser la electricidad, para afectar al cerebro humano que vive inmerso en un caos de radiaciones ionizantes.

No creo que llevar un trozo de cuarzo en el bolsillo afecte a la vida de nadie.

Otros minerales son radiactivos. Esos sí pueden afectar a la vida de un hombre si los lleva en el bolsillo,

Hay más.

Puedo defender el efecto de los minerales sobre la persona, si consideramos otro aspecto.

Si miro con detenimiento y a conciencia una turquesa o un ópalo, por ejemplo, su textura y color me pueden transmitir una notable sensación de bienestar.

No sé si es esa exactamente una propiedad del mineral, o es una propiedad de mi persona.

Pero el efecto es real.

No con todas las turquesas ni todos los ópalos, sino determinados ejemplares que muestren los aspectos necesarios para causarme esa sensación.

Lo mismo me ocurre con algunos otros minerales.

Muy pocos, contados.

Esto me permite afirmar que no se debe frivolizar con las propiedades terapéuticas de los minerales.

Pues en esa relación presuntamente terapéutica hay dos partes, una discutible en cuanto a su sensibilidad, la del mineral y otra indiscutible, la del observador.

Dudo que las propiedades piezoeléctricas del cuarzo, puedan afectar a mi salud en bien o en mal.

Pero es evidente que algunos minerales sí lo pueden hacer, aunque sea solo como objetos pasivos.

Aquí traigo uno de los que he citado, aunque la foto de un mal fotógrafo no sirve para mostrar lo que aquí comento.

Es sólo para hacerse una idea.



lunes, 5 de febrero de 2024

Fósiles blancos.

 

Murex floridanus.

Ya ha pasado la crisis existencial. Vuelvo a los oscuros fósiles y rocas. Aunque con prudencia, porque los tratamientos no hay que dejarlos de golpe.

Y esa prudencia la cifro en traer fósiles claritos, que suelen corresponder a periodos geológicos más modernos.

Esto no es una norma, pero ocurre a menudo.

Claro que, si me oyese un paleontólogo de verdad, se llevarían las manos a la cabeza por considerar esta observación un disparate sin ninguna base científica.

Y me traería alguna muestra que fósiles modernos grises o rozando el negro.

Pero un servidor le traería un buen número de muestras de fósiles claros o rozando el blanco.

No me hagas caso lector y no repitas esto y si lo repites, no me cites.

Te traigo aquí hoy detalles de fósiles que ya te he mostrado en su aspecto general pero que creo curioso mostrártelos en algunos de sus detalles.

¿Por qué hago esto? Por pura filigrana artística e intelectual.

Esta entrada viene de aquí.


... y puedes seguirla aquí



sábado, 3 de febrero de 2024

Casa del alma (Egipto).

Casa de alma (Egipto).

Otra manera de garantizar que no le faltara comida ni techo al difunto, eran las maquetas de casas que se dejaban en las tumbas.

Comúnmente llamadas casas del alma modeladas para quien no pudiera permitirse otras construcciones y accesorios funerarios de mayor refinamiento.

Ocupaban el lugar de las mesas de ofrendas.

Algunos especialistas ven en esos objetos una fuente incomparable de información sobre la arquitectura doméstica egipcia. Según otros, en cambio, representan tumbas-capilla. (Del rótulo de la exposición).

Esta es otra de las muchas semejanzas con el cristianismo antiguo y el judaísmo, dónde las ofrendas se adaptaban a la capacitad económica de quién las ofrecía.




Te regalo flores, Lobularia marítima y Ornithogalum dubium.

 

Lobularia marítima.

Hoy no he amanecido optimista, pero he amanecido. Eso es bueno.

O no.

Necesito más flores. Y me las voy a regalar.

Una silvestre, Lobularia marítima.

Y otra, un híbrido de jardinería, Ornithogalum dubium.

Regalar flores ya no se lleva. Es una pena.

El amargado modernismo importado de los EE.UU., lo ha puesto como cursi.

Ha quitado el romanticismo a los románticos.

Y la infancia a los niños.

Y el amor a los enamorados.

Hoy te regalo más flores y no soy cursi, una palabra que la libra del desastre apenas una acepción.

Mi regalo es más un detalle romántico o infantil.

Con lo que, con ese solo detalle, rompo unos cuantos mitos de la cultura wok norteamericana.



Si quieres saber más sobre Lobularia marítima, pulsa aquí.


Ornithogalum dubium.

Ornithogalum dubium (detalle).

Ambas fotografías de  O. d. las saqué el mismo día, aunque con con distinta luz. Es decir, a pesar del color, son el mismo ejemplar. No he alterado la imagen con Photoshop o similar.

jueves, 1 de febrero de 2024

Mantén el ánimo. Flor de Prunus amygdalus, (almendro).


Hoy he amanecido optimista.

Y para colmo he visto un almendro en flor.

No me he resistido a sus flores.

 Prunus amygdalus (almendro).


 Prunus amygdalus (almendro).

No es que no tenga problemas, qué es ese un estado de trascendencia que por ahora desconozco.

Lo que me ocurre es que estoy desagoviadoAsí, como pasota, pero en bien. Con educación y decoro.

Choca ver un almendro desgarbado creciendo desmesuradamente hacia arriba, en lugar de mantener el discreto porte rechoncho, de los almendros de calendario de cocina.

Su vista me trajo a la mente al cura rural Collantes, pero en blanco el lugar de en negro.

Tuve que recurrir para hacer mi pequeña sesión fotográfica, a una ramita despistada que crecía a mi altura.

Pequeña, pero con todo lo necesario para ser una buena modelo de lo que es un almendro.

Pasa mucho con los pequeños.

Ya lo dice el refrán; en los botes pequeños está la buena confitura.

Y también lo decía mi sección de Pagurus; lo pequeño es bonito o interesante.

No sigo, que quiero hacer esta entrada pequeña.

Alégrate el día con estas humildes flores.

O busca otro motivo.

Pero alégrate el día.




Nota: P. a. y P. d., son sinonimias.


lunes, 29 de enero de 2024

El hombre, un mal bicho. Racionalidad e instintos.

 


Creo que no hay discusión en reconocer, que el hombre es el único animal racional en la naturaleza.

Esto significa que además de los instintos, el hombre tiene la razón, que le da un margen de libertad.

El que el hombre es libre es un camelo muy difundido, que contrasta con la realidad de que el hombre está sujeto a mil restricciones físicas y psicológicas en su libertad.

Dejémoslo en que es libre a medias.

Pero lo que sí queda claro es que el hombre además de los instintos animales, regidos por la ley natural, posee una razón que le permite, si quiere, ir más allá de la ley natural.

Goya titula a uno de sus aguafuertes; el sueño de la razón produce monstruos.

Lo que a mi modo de ver, significa que el descontrol de la razón humana nos puede llevar a extremos monstruosos: El control de la razón es indispensable para la supervivencia humana.

Por eso el hombre, en todas sus facetas sociales, desde la prehistoria hasta la actualidad, ha tenido normas, tabús o religiones, cada uno en función de su nivel de civilización, con el objeto de controlar a la razón y con ello a los instintos.

El planteamiento modernista de que lo que la razón nos permite imaginar es licito y bueno, es completamente antinatural y lleva a la destrucción personal o colectiva.

La ley natural nos dice; no matarás más de lo que necesites para tu supervivencia.

Pero el hombre dice; yo tengo unas grandes necesidades de riqueza y de poder y eso me justifica que pueda matar para satisfacerlas.

Y declara guerras.

La ley natural nos dice; tendrás actividad sexual para la reproducción de la especie.

Pero el hombre dice; yo tengo una gran necesidad de placer.

Y se da a la sexualidad descontrolada y si es necesario aberrante.

Frente al instinto de la reproducción, hombre racional justifica con su racionalidad, el quitarse problemas de encima y aborta cuando le interesa.

La razón descontrolada destruye y pone en peligro la supervivencia de la especie.

Es por eso que el hombre necesita unas normas muy definidas para contener sus instintos.

Cuanto mejor tenga organizada su racionalidad, más fiable será el individuo.

Es consenso común en todas las civilizaciones, que la racionalidad bien aplicada controla las pasiones, haciendo el hombre menos peligroso.

Porque todo lo que tiene de peligroso la racionalidad tiene de beneficioso el control de los instintos.

La civilización occidental que tantos beneficios nos ha traído, ha sido fruto de hombres cabales que han dirigido a un buen término a los instintos, mediante la razón.

No hay personalidad de provecho en el mundo de la cultura o de la ciencia, que haya sido un hippie desmelenado.

Salvo Einstein, que era desmelenado, pero no era hippie.



viernes, 26 de enero de 2024

El monje y su hábito.

 

Cipreses y acacia.

El hábito no hace al monje, pero lo hace parecer.

Aunque también es cierto que el hábito sí hace al monje.

En la botánica no hay esa confusión.

El hábito hace al árbol.

Aquí vemos, a mal ver, dos especies de árboles.

Al fondo, no nos cabe duda, por su porte, su hábito, que son cipreses.

Y, en primer plano una acacia, que no nos deja duda por su hábito, sus hojas.

El hábito no hace al monje, pero sí hace al árbol.

  


jueves, 25 de enero de 2024

Farmacolita y arsénico.

 

Farmacolita (blanca) y azurita (azul). (Almería).

Ya presenté al arsénico en el blog y hoy lo traigo disfrazado.

Si vas a la entrada: Arsénico, por compasión, te muestro un arsénico, que ni por asomo se te ocurriría lamerlo o inhalar su polvo.

Pero la farmacolita es otro cantar.

Con ese aspecto a nata... y siendo un poco descerebrado, sólo un poco, podrías tener la tentación de lamerla.

… o inhalar su polvo por pasarte horas, como hice, martillo en mano, buscando un ejemplar simpático.

… o manipular el mineral.

Haciendo cualquiera de esas cosas, te morirías.

La razón está en que su composición, es arsénico.

Leo en una página web que se titula Minerales, que el nombre de este mineral provine del griego "pharmakon" veneno en su composición y del latín "lithos" piedra.

El veneno es precisamente el arsénico, aunque probablemente quien le puso el nombre sólo conocía la relación causa-efecto, e ignoraba el motivo.

En este caso, el yacimiento en el que pasé el tiempo, era rico en azurita, que vemos azul en la muestra, en malaquita (verde) y en eritrina (fucsia, por aproximar el color). Estos últimos que no aparecen en la muestra que represento arriba.

¿ Y quién no arriesga su vida ante semejante panoplia de colores?


Aquí puedes ver la entrada: Arsénico, por compasión.





Si eres perspicaz, verás que la azurita proviene del mismo yacimiento que la farmacolita que traigo hoy. 


miércoles, 24 de enero de 2024

Rascacielos desafortunado. Ayuntamiento de Barcelona. Plaza de San Miguel. Casco antiguo.

 

Edificio novísimo del Ayuntamiento de Barcelona(1977).

Página de La Municipal número 62, citando el incidente que narro. En cuando pueda, la traduciré y haré mas visual el texto.

En distintos rincones del blog he hablado, en tono educado pero reflejando una molestia evidente, del abigarrante urbanismo de la zona costera del Maresme, citando concretamente a Masnou y Tiana.

De Barcelona hay ya poco que decir.

Me parece excesivo ese amontonamiento de personas donde priva el interés económico sobre el bienestar de los ciudadanos.

Estos hacinamientos traen consecuencias negativas para las personas y para la comunidad.

Pensando en ello he recordado una actividad urbanística que logré redirigir de un modo que aún hoy me sorprende.

Se trata de una iniciativa mía que sirvió de bandera para la administración, en un tema que acabó cómo quería, aunque me pasó por encima como una apisonadora.

No está mal lo que bien acaba.

Me refiero al rascacielos que construyó el Ayuntamiento de Barcelona en el casco antiguo de la ciudad, para albergar parte de sus oficinas.

Se le conocía entonces como edificio novísimo.

Se construyó en la plaza de San Miguel, junto a la plaza de San Jaime y aún hoy sigue en pie, pero con dos plantas menos que el edificio original.

Creo que el rascacielos cumplía un verdadero récord Guinness de incumplimiento de normativas urbanísticas y además estaba aplacado con unas inmensas losas que tenían la mala costumbre de desprenderse.

Un servidor estaba entonces trabajando como técnico superior en economía, en el gabinete técnico de programación, junto con otros economistas y letrados, incluido el bueno de Pascual Maragall, que luego sería alcalde Barcelona. A mi modo de ver, con diferencia, el mejor alcalde contemporáneo.

Aprovechando la circunstancia de que una gotera de las muchas que había, humedeció el falso techo y desprendió una de las placas, que cayó sobre mi cabeza, se inició una campaña, abrigada por los titulados superiores que allí estábamos, para conseguir que se eliminaran los dos pisos superiores del rascacielos.

No fue una lucha denodada, pues creo que la administración temía que el edificio colapsase cualquier día, por lo mal que estaba construido.

Pero no tenía argumentos para demolerlo sin quedar en evidencia frente a la ciudadanía.

Me hizo gracia cuando me enteré de que el expediente de derribo se iniciaba citando mi nombre y mi percance.

Reproduzco aquí la noticia que justificó las obras, aparecida en La Municipal número 62.

A veces pienso que tendría que haber más asensis que desde su humilde condición de trabajador, se metieran en camisas de once varas.

He buscado fotografías de este rascacielos en Internet y es dificilísimo encontrar una.

La de aquí guárdala como oro en paño.

Con ella puedes  hacerte una idea de cuál es el concepto urbanístico de la época.

Me fastidia, porque son gente que sabe cómo se ha de cumplir para ser un buen ciudadano, lo pregonan a los cuatro vientos, pero en cuanto llegan al poder, su grado de cinismo e incoherencia es tal, que producen monstruos como este rascacielos, en el casco antiguo de una ciudad milenaria.

Nunca he querido llamarme ecologista por las connotaciones de incoherencia y trilerismo que esa palabra conlleva.

De todas maneras, eso es lo que trajo lo que ahora llaman democracia que es la tiranía vestida de seda.

¡UY!... me he metido en política sin darme cuenta. Te pido perdón con profunda reverencia oriental procurando no darte un cabezazo.

Pero los casoplones de nuevos ricos de subvenciones y las colmenas cutres a lo soviético, siguen creciendo como setas.