Que
no se te ocurra comprarte una furgoneta y si lo haces mantén la
discreción.
Hace
años, estando en el CRIS, se me ocurrió comprarme una furgoneta con
la que viajé por toda España y parte de Europa.
Hasta
ahí bien, pero como iba algunos fines de semana a la Costa Brava a
bucear, se me ocurrió que no debía llevar un vehículo tan grande
para una sola persona y compartir mis viajes con otros socios del
CRIS.
Al
principio fue bien, pero luego devino en costumbre y prácticamente
todos los fines de semana salía con un grupo de buceadores ysus
equipos a algún lugar de la Costa Brava, todo a mi cuenta, vehículo
y gasoil.
Era
divertido pero ruinoso.
Luego
el CRIS tuvo a bien ceder las botellas con las que buceaba, a veces
incluso con el aire, con lo que la aventura dejó de ser tan ruinosa
y seguía siendo igual de divertida.
Y
así pasó el tiempo.
Luego
la familia empezó a pedirme que los acompañara con la furgoneta
para hacer sus mudanzas o transportar algún objeto voluminoso.
Después
se sumaron los amigos de la familia y más tarde amigos de los amigos
de la familia y luego algún desconocido que traía algunos de los
anteriores, naturalmente, por compromiso social no podía decir que
no y decía siempre que sí.
Ya
no era el precio del gasoil que para recorridos cortos era
insignificante.
Resultó
que me transformé en el empleado gratis e incondicional de una serie
de personas a las que pronto y claro podría llamar gorronas.
La
verdad es que me agobiaban un poco hasta el punto de que decidí
vender la furgoneta y comprar un vehículo tradicional lo más
pequeño que encontré para desplazarme cómodamente con mi familia,
sin que cupiera nada más.
Seguí
viajando pero sin la responsabilidad de llevar una carga inútil que
debía cargar y descargar con cuidado en un lugar determinado, en un
día y una hora determinada.
Cuando
necesitaba algo más grande alquilaba el vehículo y solo en una
ocasión acepté el préstamo de su furgoneta a unos amigos, teniendo
la deferencia de pagarles el combustible.
Nunca
más se me ocurrió comprar un vehículo grande, siempre cochecitos
pequeños y cucos… Pero ¡caramba!, me dejaba el objeto principal
de la entrada que no era llorar sobre el error que cometí al
comprarme una furgoneta.
Un
día, un empleado de mantenimiento del Zoo de Barcelona, me comentó
que tenían congelados una serie de animales, entre los que se
encontraban varias gacelas y una cría de jirafa, de los que querían
deshacerse llevándolos a un lugar montañoso de Tarragona, donde
había buitres.
Querían
dejarlos en un comedero donde habitualmente esos animales iban a
buscar comida.
Y
me pidió que cargarse con esos congelados y los llevará hasta el
comedero.
Así
lo hice pues no tenía un no para nadie y allí los llevamos.
El
lugar estaba lejos y no recuerdo si el empleado me dio las gracias,
probablemente sí.
Pero
no quiso que nos quedáramos a ver algún buitre, con la excusa de
que nuestra presencia les alarmaría. Me dijo que él ya había visto
muchos.
También
los había visto yo, al alcance de pillarles, la pata, pues tengo
paciencia y la paciencia te hace invisible.
Aquel
día no tenía prisa y ver un buitre comer jirafa no se ve a menudo.
Pero
al parecer el empleado si la tenía, como ocurrió el día de una
salida oceanográfica que cuento en el blog. Por lo que nos fuimos
sin ver buitres, lo que para mí fue como irme con el rabo entre las
piernas.
Ni
un detalle; ni un vamos a tomar algo; ni un vente
un día al zoo que veremos a los monos; ni un muchas
gracias que quizás sí, pero que no recuerdo porque no
debió ser muy efusivo.
Y
es que la confianza da asco y cuando te crees el mejor del mundo, el
resto tiene siempre que estar encantado de conocerte.
Aunque
lo de la salida oceanográfica fue más leve, pues no habían
buitres, no era mi furgoneta y quien me pidió el favor no era un
presunto amigo.
Relato de una excursión oceanográfica mañanera.