Estoy cansado del Danubio y aunque aún me quedan cosas que contar, me voy a Egipto con mis prejuicios occidentales.
En una entrada próxima ya hablé de los cruceros fluviales por el Nilo.
Son lo mismo, pero no tienen nada que ver.
Hay muchos factores externos que condicionan el bienestar en un crucero.
El Danubio es menos voraginoso, lo que genera una paz que deja en evidencia fragilidades humanas que forman una parte bella de nuestra personalidad, que nunca las acabamos de conocer, porque el ruido del mundo nos las oculta.
La agitación de los sentidos del ambiente nilótico, nos oculta grietas como nos las oculta la cotidianidad.
Y ahora necesito ruido y tráfico.
Necesito que me digan que se va a instituir un servicio militar en España.
Para tener un ejército que pelee en la guerra que se avecina en Europa.
Un ejército para aumentar el bienestar de la oligarquía, no ya con el sudor de los ciudadanos sino con su propia vida.
Porque la oligarquía ya no tiene suficiente con el poder, la depravación y la ignominia, sino que necesita algo que aún no tiene.
Ver correr la sangre de inocentes, exprimida con sus propias manos.
Refocilarse con el sufrimiento no inducido, sino aplicado directamente
Por eso necesito ruido, para que me alivie la espera a la revolución que degüelle a esa estirpe criminal.
Ruido que me haga más leve la espera, pues no puedo más que esperar.
A medida que transcurra esa espera, veré si vuelvo al rio tranquilo, a la fauna peligrosa, pero menos, por su irracionalidad, de nuestro buen Mediterráneo, capaz de parir santos y monstruos.









