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martes, 8 de septiembre de 2020

Encina sin duende. Sierra Litoral (Barcelona).

 


Esta encina ha perdido su duende. Quizás, esté rondando por ahí, buscándola.

No es difícil perderse con bien en un bosque, igual que no es difícil perderse con mal en el mar.

Por eso tierra y mar tienen sus partidarios muy definidos, incluso entre los naturalistas, salvo excepciones como la de un servidor, que busca con igual afán su rincón en el mar o en la tierra, aunque al fin en ningún lugar tenga acomodo pues hay demasiado mundo que abarcar para tan poco aliento.

Al ver que la encina no tenía su duende, me preocupé seriamente y me puse a buscarlo, aunque con poca esperanza.

Pero ¡hete aquí que lo encontré!

No me sorprendió su aspecto, pues es el mismo que el de duende de otros árboles. Por eso duende no lleva adjetivo arbóreo, porque son iguales los de todos los árboles.

Ni él se sorprendió al verme; enseguida vio que era un naturalista. Luego me dijo que le asustan los ecologistas, pero que confía en los naturalistas.

He visto tu encina y estaba sola, le dije. ¿No tienes miedo de que te la ocupen?

No, me dijo. Los ocupas son indolentes y comodones y mantener una encina es trabajoso y la estancia incómoda para urbanitas, aunque sean sucios y holgazanes. De hecho, no conozco ninguna encina ni otro árbol de este bosque que esté ocupado; sí quemado o roto, porque eso cuesta poco trabajo.

Dejé al duende y seguí mi paseo tranquilo, sabiendo que la encina sin duende no estaba sola sino temporalmente no acompañada, pero a buen recaudo dada la naturaleza de los ocupas.



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